INSTITUTO DI TELLA: CUANDO FLORIDA 936 SE CONVIRTIÓ EN UN LABORATORIO CULTURAL
Hubo un momento en que Buenos Aires pareció querer dejar de mirar la cultura europea desde lejos y empezar a experimentar con algo propio. Ese momento tuvo una dirección bastante clara: Florida 936.
Entre 1963 y 1970, esta dirección de la calle Florida fue una de las sedes más importantes del Instituto Torcuato Di Tella y el epicentro de una escena cultural que transformó para siempre la relación de Buenos Aires con el arte, la música y el teatro.
El Instituto había sido fundado en 1958 por la Fundación Di Tella, pero fue a partir de la apertura de su sede en Florida cuando tomó una dimensión particularmente intensa. Allí convivieron el Centro de Artes Visuales (CAV), el Centro de Experimentación Audiovisual (CEA) y el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM), tres espacios que hicieron de la experimentación una forma de entender la cultura.

El arte que rompía las reglas
Las artes visuales tuvieron un papel central. Bajo la dirección de Jorge Romero Brest, el Centro de Artes Visuales se convirtió en uno de los grandes motores de la renovación del arte argentino de los años 60.
Por Florida 936 pasaron artistas que hoy son imprescindibles para entender ese período, como Marta Minujín, David Lamelas, Edgardo Giménez, Rubén Santantonín, León Ferrari, Julio Le Parc y Delia Puzzovio.
En 1965, por ejemplo, Marta Minujín y Rubén Santantonín presentaron La Menesunda, una obra que convirtió al espectador en parte del recorrido y llevó la experiencia artística mucho más allá de la contemplación de una pintura.
El Di Tella no solamente exhibía obras: abría un espacio para probar qué podía ser una obra de arte.




Teatro, música y experimentación
Pero el fenómeno no terminaba en las artes visuales. El Centro de Experimentación Audiovisual (CEA), creado en 1963 y dirigido por Roberto Villanueva, abrió el juego al teatro experimental, la danza, la música y otras formas de cruce entre disciplinas.
Por allí pasaron artistas como Nacha Guevara y Les Luthiers, además de directores, actores y músicos que estaban construyendo nuevas formas de expresión en la Buenos Aires de los años 60.
Y también estaba la música. El Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM), dirigido por Alberto Ginastera, convirtió al Di Tella en un espacio de formación y experimentación para compositores de toda América Latina. Incluso contó con un laboratorio de música electrónica, una rareza para la época.
La escena que se armó en Florida 936 no entendía las disciplinas como compartimentos estancos. Teatro, música, artes visuales, danza y nuevas tecnologías podían encontrarse en un mismo lugar.

El final de la “Manzana Loca”
Lo interesante del Di Tella es que no funcionaba solamente como una institución cultural: también generaba una comunidad. Artistas, intelectuales y espectadores compartían un mismo circuito y las distintas disciplinas se entrecruzaban constantemente.
Por eso, hablar del Di Tella es hablar también de una transformación de Buenos Aires y cómo estaba cambiando su relación con la cultura, con el arte y con las nuevas generaciones.
Pero esa libertad creativa convivía con un contexto político cada vez más represivo. En 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía profundizó el clima de censura y persecución sobre las expresiones culturales. A esto se sumaron dificultades económicas que hicieron cada vez más difícil sostener la sede de Florida.
En 1970, Florida 936 cerró sus puertas. El Instituto continuó luego su actividad en Belgrano R, aunque ya sin el protagonismo que había alcanzado durante los años de la llamada “Manzana Loca”.

Un laboratorio que todavía funciona
El Di Tella quedó asociado a una de las experiencias de vanguardia más importantes de la cultura argentina del siglo XX. Su influencia alcanzó a generaciones de artistas que después continuarían explorando los límites entre arte, espectáculo, tecnología y vida cotidiana.
Quizás esa sea una de las razones por las que el Di Tella continúa siendo tan importante: más que un edificio o una institución, fue la prueba de que Buenos Aires podía convertirse en un laboratorio cultural.
Y que, a veces, para cambiar la forma de mirar una ciudad alcanza con abrir una puerta en Florida 936.






Deja un comentario