Las dietas no entienden de estados de ánimo

Me di cuenta de eso cuando empecé a ir a la (o las) nutricionista (s) hace algunos años, el hacer dietas no entiende de días bajón o de días en los que tu cuerpo te pide carbohidratos, como cuando estas indispuesta. No se si es que no entienden de esas cosas o simplemente no les importa, probablemente sea lo segundo. Se supone que vos tenes que tener la fuerza de voluntad suficiente para comer una galleta de arroz con una pincelada de mermelada sin azúcar en vez de un alfajor, aunque el cuerpo te esté pidiendo chocolate y dulce de leche a los gritos. 

Tampoco entienden de falta de tiempo, de ganas o de plata. Se supone que aunque llegues tarde a la noche a tu casa después de haber pasado todo el día trabajando, que tenes que tener la fuerza de voluntad de hacerte una cena con las proporciones indicadas por el o la nutricionista. Nada de fideos, arroz o la pizza que te sobró de la reunión con amigos del fin de semana, tampoco nada de juntarse el fin de semana, o si lo haces no tenes que romper con el régimen. 

Un día una nutricionista me dijo “sí al mediodía no podes comer en tu casa llevate la comida en un recipiente, y si estas en la calle te compras un yogurt o una mandarina”, y yo pensaba “¿cómo le explico que eso no me llena?” Pero no le dije nada, porque cada una de mis intervenciones era sancionada con una mirada adoctrinadora, seguido de un discurso de cómo tenía que hacerme tiempo para comer en los horarios indicados por ella y de manera balanceada, “¿como le explico que no tengo horarios fijos?” Pensaba cada vez que me lo decía, pero nunca me anime a decirselo. 

Las dietas no toman en cuenta que una, uno, une, es un ser social. Mis nutricionistas ignoraron, siempre, el hecho de que soy joven y que me gusta salir con amigos a bailar y a tomar tragos. Los fines de semana que salía y me tomaba algunas cervezas de más le mentía a la nutricionista, era mucho menos la condena si el exceso había sido una reunión familiar donde no pude decirle que no a la comida de la abuela (aunque yo no tenga abuelas), que decirle que la había pasado genial con mis amigos el sábado a la noche y que el domingo a la madrugada hicimos una parada estratégica para comer una hamburguesa con papas y gaseosa.

Me disculpo honestamente y públicamente por la mentira, yo se que es tu trabajo y que fui a sus consultorios por mi cuenta. Pero fue en parte su culpa, tu culpa por no tomar en consideración que soy un ser humano con individualidades, que mi cuerpo – o el de cualquier persona- no se puede estandarizar mediante una ecuación matemática genérica. Su culpa por tratarme de manera condenatoria cada vez que la balanza no mostró el número que vos esperabas. Les juro que la gran mayoría de las veces si hice lo que me dijiste, pero los números nunca fueron lo mío.

Dibujo de la bellisima @papoulasdouradas ♥

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